sábado, 1 de junio de 2019

El planeta por medio de la pantalla de mi celular

En los últimos tiempos cuando uno va a un partido, un concierto, o bien un enorme acontecimiento de masas, hay una imagen de la que es imposible escapar: la de cientos y cientos de personas manteniendo un aparato y capturando con él todo cuanto pasa delante de sus narices.

La idea es retener, preservar en la memoria (digital) lo que es fugaz, lo que desaparece al instante para entonces, después, regresar a conmovernos con aquella canción, con aquel tanto imborrable, con un instante apasionante.

Y asimismo compartirlo, mostrarle al planeta donde estuvimos, provocar envidia de nuestra experiencia única.

Mas, ¿no nos priva eso de «vivir» ese instante? Hace unos años no había teléfonos con cámaras, y la gente proseguía recordando, proseguía contando, proseguía compartiendo (si bien quizá no al momento).

Ahora, ¿qué tenemos para compartir si en el «instante perfecto» mirábamos la pantalla de la cámara, preocupados por que se viera todo lo mejor posible, pensando en nuestra audiencia? ¿Va a quedar ese instante reflejado en nuestra psique, o bien al contrario va a quedar solo en forma de unos y ceros en nuestras memorias digitales?

¿A favor o bien en contra?

El discute sobre el empleo de los teléfonos en nuestro cada día es intenso y semeja no dejar indiferente a absolutamente nadie.

El creador Geoff Dyer, que escribió un libro sobre fotografía, asevera que semeja «ridículo» que bastante gente al contemplar obras de arte, como por poner un ejemplo en el museo de Van Gogh, en Amsterdam, donde se dejan fotografías, esté más pendiente de retratarlas que de gozar de la experiencia.

Es tal y como si fuera más valioso poder «mostrar» que estuvimos allá, que gozar verdaderamente de la obra de arte, una obra de la que, por otra parte, tenemos miles de imágenes libres. Lo que no está libre es la experiencia, y eso es lo que Dyer piensa que se puede estar perdiendo.

Mas Dyer es de una generación analógica; los nativos digitales piensan diferente.

Pendientes del escenario

Los adolescentes de en nuestros días semejan inmersos en una forma de vida en la que las redes sociales son clave. Y la clave de las redes sociales es compartir.

Cuando el conjunto The West visitó la BBC el programa Newsnight charló con sus miembros, a quienes aguardaban intranquilices un enorme conjunto de chicas adolescentes.
Mientras que las chicas sacaban fotografías a sus ídolos, «para poner celosos» a los que no pudieron estar allá, uno de ellos aseveraba que en ocasiones daba la sensación de que la audiencia estaba más concentrada en sus teléfonos que en el concierto, mas aceptando que una gran parte de su fama se debe a las redes sociales.

Alguien que no comparte para nada esta visión de las cosas es el cómico británico Marcus Brigstocke, a quien claramente no le agradan los celulares en sus actuaciones.

Si alguien molesta, lo deja bien claro.

Los teléfonos inteligentes se han transformado en nuestros compañeros inseparables.

«Cuando estoy en el escenario lo digo y le digo a quien pare de utilizarlo, y si no lo hacen al momento, entonces voy a por ellos. Cuando hice del rey Arturo en Spamalot hubo una noche en Oxford en la que desenvainé a Excalibur. No estoy orgulloso, mas lo hice. Levanté mi espada y conminé con recortar un brazo», aseveró Brigstocke a la BBC.
Mas, otra vez, el cómico medró con aplausos y no con «likes».

Cuestión generacional

Y es que las diferencias entre estar a favor o bien contra el empleo (o bien abuso) de los celulares semejan estar muy determinadas por la edad.

La doctora Jay Watts, sicóloga y siquiatra, habla de estas diferencias. «Parecería que los nativos digitales, aquellas personas nacidas tras los años 80, no tienen una experiencia salvo que esta esté representada», afirmó la doctora a la BBC. Y esta representación ocurre en el ciberespacio.

Mas todo esto semeja haber llevado a una suerte de adicción: la adicción al «like» que nos dan el resto, la confirmación última de que todo cuanto hemos experimentado tiene un valor.

Y es que en el planeta en el que vivimos semeja que, poco a poco más, el valor de las cosas viene dado por la contestación de nuestro «círculo digital», que se cuantifica en likes o bien en comentarios.

En otras palabras: si no pudiste compartir una fotografía de aquella canción, de aquel tanto, de aquel instante inolvidable… a lo mejor es que no estabas allá. Y si a absolutamente nadie la agrada, es que a lo mejor no valió la pena.
O bien quizá, precisamente por eso, verdaderamente sí.